Twitter y Trump como industria cultural

Ya es un hecho: Donald Trump es el nuevo presidente de los Estados Unidos. El primero que ha llegado a la Casa Blanca enfrentándose a los medios de comunicación de masas. Trump ha sido un monstruo mediático 2.0, que ha entendido como nadie la fuerza del boca oreja en las redes sociales y la importancia de un lenguaje directo, claro, conciso y próximo. Sí, también polémico.

Donald Trump es fruto de la nueva cuota de influencia que han ido ganando las redes sociales durante los últimos años como fuente de información para muchos ciudadanos (incluidos los millenials, aunque no de forma exclusiva). Durante la campaña electoral, el nuevo presidente de los Estados Unidos tan solo recibió el apoyo abierto de dos medios de comunicación tradicionales. El resto le hizo el vacío. Sin embargo, Trump a través de su cuenta de Twitter envió cientos de miles de mensajes a sus seguidores, y también se coló en los hogares de los americanos a través de las pantallas de televisión.

Donald Trump es el primer presidente de los Estados Unidos que tras su elección, en lugar de ofrecer la tradicional rueda de prensa, optó por subir un vídeo a su canal de YouTube para comunicarse con los ciudadanos. La primera comparecencia ante los medios tras su elección, después de medio año sin aparición alguna, incluyó insultos a la prensa. Los periodistas son los seres más deshonestos del planeta, dijo Trump, que puede alardear de una exquisita honestidad.

Donald Trump es fruto, en definitiva, de un nuevo paradigma de la comunicación, el de las redes sociales. La era Twitter se manifiesta en todo su esplendor al analizar la victoria del actual presidente de los Estados Unidos. McLuhan ya advirtió que el medio es el mensaje. Las redes sociales se caracterizan por la inmediatez, la superficialidad y la emotividad. Nuestras mentes se han adaptado rápidamente al nuevo ecosistema, tal y como sostiene Nicholas Carr en su aplaudido libro Superficiales. Nos gusta buscar y recibir de inmediato la información que deseamos sin tener que revisar un sinfín de material ajeno a la materia. Nos gusta estar en contacto con amigos, familiares y colegas. Nos gusta sentirnos conectados y odiamos sentirnos desconectados. Nos gusta compartir y ser compartidos. Nos gusta que nos reconozcan, a través de un me gusta o un retuit, al fin y al cabo, somos humanos y queremos ser amados.

Una vez que nuestras mentes se han adaptado a este caos que es el contenido en la web 2.0, las empresas en general, y las mediáticas en particular, además de instituciones, partidos políticos y celebridades han tenido que acomodarse a las nuevas expectativas del público. Los productores de información están acortando sus mensajes para ajustarse a la capacidad de atención más reducida que caracteriza a los consumidores en línea (prosumers), así como para mejorar su posicionamiento en los motores de búsqueda. Del mismo modo, los mensajes se simplifican para que en lugar de ser digeridos con pausa y reflexión mediante la razón sean devorados de manera inmediata sin tan siquiera ser procesados. Directos al corazón. Pura emoción.

Et voilà! Es en este contexto que las soluciones simples a problemas complejos triunfan. Las urnas de América y Europa se llenan de votos populistas al tiempo que los medios de comunicación se indignan en la versión de papel ante la situación mientras que en la edición digital batallan por los clics. Los ciudadanos se dividen entre los que asisten atónitos a lo que ocurre, sin nadie que los represente, y los que se lanzan a los brazos de los populistas.

¿Somos esclavos de la identidad digital?

Si no comunicas, no existes.

Las sociedades desarrolladas del siglo XXI se caracterizan por una excesiva competitividad, donde resulta necesario hacerse visible y diferenciarse para alcanzar una cuota de mercado. Ocurre algo similar en el terreno personal. Si quedas fuera de las redes sociales digitales, probablemente también te perderás algunas experiencias compartidas por tus amigos o familiares. Además, pasarás inadvertido como profesional competente y podrías perder alguna oportunidad laboral.

La identidad digital es el conjunto de expresiones que hacemos en Internet. Estas expresiones son fruto de la capacidad de editar diferentes perfiles en redes sociales -algunos de carácter profesional y otros de carácter personal-, blogs, comentarios que realizamos en noticias o hacemos llegar a una empresa, opiniones en foros, etc. Estas micro piezas constituyen un puzle que a ojos de los demás determina quiénes somos y qué hacemos. Ocurre igual con las empresas.

¿Somos esclavos de nuestra identidad digital? ¿Puede determinarse la valúa de un profesional a través de las aportaciones que hace en el entorno digital? ¿Qué hay de nuestras relaciones personales? ¿El éxito o el fracaso de una empresa pueden estar determinados por su reputación digital? En definitiva, ¿somos esclavos de la opinión ajena?

Materiales para el debate

“Nosedive”, visionado del primer capítulo de la tercera temporada de BlackMirror.
Dans, E., 2013. “¿Quiénes somos en Internet? Reputación, marca e identidad digital”, en https://www.enriquedans.com.
Mañana, C., 2011. “Esclavos del trending topic”, en http://sociedad.elpais.com/.
Nadal, P., 2012. “O me regalas algo o te pongo comentarios negativos”, en http://sociedad.elpais.com/.
Morris, S., 2010. “TripAdvisor could face legal action over reviews”, en http://www.theguardian.com.
EJ, 2011. “Violated: A traveler’s lost faith, a difficult lesson learned”, en http://ejroundtheworld.blogspot.com.es/.
Casado, R., 2010. “Sol Meliá vincula los salarios a la opinión de los clientes en Internet”, http://www.expansion.com/.
Pérez Ortega, A., 2004. “El proyecto marca propia”, en http://www.andresperezortega.com.
Aced, C., 2010. “El arte de gestionar lo intangible”, en http://www.ee-iese.com/117/pdf/afondo.pdf.
Levine, R. y Locke, C., 2009. El manifiesto Cluetrain: El Ocaso de la Empresa, en http://www.cluetrain.com/.

10 claus en la innovació periodística

El passat 23 de novembre va tenir lloc la presentació de l’informe “Models de negoci de la premsa de proximitat: 10 claus per una fórmula més eficient a partir de l’anàlisi de la innovació digital internacional”, de la doctora Carmina Crusafon, professora de la Universitat Autònoma de Barcelona. El treball, que va ser guardonat amb el Premi de Recerca de l’Associació de Mitjans d’Informació i Comunicació, AMIC, en col•laboració amb la Xarxa Vives d’Universitats, destaca per analitzar els models de negoci de mitjans, tant tradicionals com nascuts a internet, dels Estats Units, Gran Bretanya i França, i oferir un seguit de característiques detectades en el conjunt de mitjans analitzats que són imprescindibles a l’hora d’oferir productes innovadors. Aquestes claus de ben segur que podran guiar el camí de la premsa de proximitat catalana:

1. La proposta de valor ha de ser l’oferta de serveis a la comunitat
2. El dinamisme en els mercats locals el marquen els nous actors mediàtics (news startups)
3. Les noves empreses d’informació presenten estructures molt variades, que indiquen que no hi ha una única fórmula d’èxit
4. Els canals estan controlats per les empreses tecnològiques, però l’expertesa en la informació encara la tenen els mitjans de comunicació
5. La innovació ha d’estar en l’ADN de cada companyia
6. La necessitat de dissenyar una estratègia de monetització diversificada
7. Els recursos claus per les empreses periodístiques s’han de buscar en la redefinició dels perfils professionals i en l’establiment de noves rutines digitals
8. Els clients, les seves dades i les seves rutines de consum són la base per un camí cap a l’èxit
9. Oferir experiències singulars és la base de la relació amb els lectors
10. La col•laboració entre empreses marca la dinàmica de l’ecosistema actual, i les associacions professionals hi juguen un paper central

Lo que Trump nos enseña

El inesperado triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos nos deja algunas claves sobre el sistema mediático-democrático actual, que apuntamos en este breve artículo a modo de borrador:

1. Los sentimientos y las emociones son más relevantes que los hechos y la realidad.

2. Gustan los líderes que simplifican los problemas complejos y ofrecen soluciones mágicas. = Triunfo del populismo.

3. La influencia de las redes sociales como plataformas de distribución de información (verdadera o falsa) se consolida.

4. Los medios de comunicación tradicionales pierden pistonada. (Todos, en bloque, dieron apoyo a la candidatura de Hillary Clinton).

5. El papel de los periodistas como intermediarios entre los políticos y la ciudadanía se desdibuja. = Trump no ha necesitado de los medios tradicionales para dar a conocer a la opinión pública que hará en los próximos 100 días. Ha bastado con grabar un vídeo de 10 minutos y subirlo a YouTube.

6. Las predicciones de los analistas no se cumplen.

7. Es curioso observar como las redes sociales se demonizan cuando supuestamente contribuyen a la victoria de un candidato que no agrada a la mayoría de intelectuales de EE.UU. En cambio, fueron alabadas en 2008 por alzar a Barack Obama como presidente del país.

8. Es necesario abrir un debate pausado y profundo acerca de la responsabilidad editorial de las empresas tecnológicas.

¿Para cuándo una ética aplicada a las empresas tecnológicas?

El pasado 8 de noviembre Donald Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos. Desde entonces varios artículos han acusado a grandes compañías tecnológicas como Google y Facebook de diseminar falsas noticias y rumores, que habrían tenido peso en la elección del nuevo presidente. Una de las mentiras que ha resultado más influyente en la votación ha sido la que aseguraba que el papa Francisco daba su apoyo a Trump. El propio Mark Zuckerberg, preocupado por las acusaciones, se excusaba días atrás alegando que: “Of all the content on Facebook, more than 99 percent of what people see is authentic. Only a very small amount is fake news and hoaxes”, explicaba el portal Gizmodo.

Tanto Google como Facebook –que hasta la fecha no han querido nunca asumir ninguna responsabilidad en cuanto al contenido que circula por sus plataformas– han declarado la guerra a las webs de noticias falsas, tras descubrir que en Macedonia se estaban creando webs con la única finalidad de difundir mentiras sobre Hillary Clinton. Estas informaciones, que luego eran compartidas masivamente, permitían a esas mismas webs percibir dinero a través de la publicidad que les colocaba el AdSense de Google. Buzzfeed destapó la noticia. Macedonia es hoy sinónimo de difusión masiva de noticias falsas, pero no es el único ejemplo, ni tan siquiera el mejor.

Ninguna de las compañías ha detallado cómo conseguirá acabar con las noticias falsas que circulan en sus plataformas. De momento, aseguran que no podrán obtener anuncios a través de ellas, aunque reconocen que no saben cómo identificarán dichas páginas. Resulta inquietante que dos grandes de Sillicon Valley, incansables pregoneros de valores tan de moda como la colaboración, la transparencia y la propagación de contenidos generados por los usuarios se planteen ahora prácticas tan contrarias como la censura.

La directora del Tow Center for Digital Journalism de la Universidad de Columbia, Emily Bell, hace tiempo que alerta del poder desmesurado de los gigantes de Sillicon Valley. En un artículo de hace unos meses señalaba que los ciudadanos no hemos prestado demasiada atención al hecho de que las empresas periodísticas han perdido el monopolio de la distribución de las noticias. Ahora hay otros actores en juego que tienen un enorme poder de influencia, aunque ninguna responsabilidad para con la democracia. Bell reclamaba recientemente que Facebook, “now the most influential and powerful publisher in the world”, deje de una vez de espolsarse las culpas y asuma responsabilidades editoriales –sí, editoriales. (Todo aquel interesado en la intersección entre periodismo y redes sociales debe seguir la pista de Bell).

No es la primera vez que la empresa de Zuckerberg se ve envuelta en polémicas acerca de su percepción de la objetividad. El pasado mes de mayo, algunos ex trabajadores revelaron que el proceso de curación de los contenidos que el usuario recibe en su TL era llevado a cabo por un equipo humano y respondía a criterios editoriales. Quedaba así desmentida la idea de que un algoritmo, algo que identificamos más con la neutralidad y la objetividad, se encargaba de ello, tal y como hasta entonces sostenía Facebook.

¿Las empresas tecnológicas, como Google, Facebook y Twitter, deben ser consideradas tan sólo como plataformas sociales o como medios de comunicación, asumiendo responsabilidades editoriales? ¿Cómo distinguir y frenar la información que circula a través de estas plataformas? En definitiva, ¿para cuándo una reflexión pausada acerca del poder de las empresas de distribución de contenidos? Hace tiempo que han demostrado tener una enorme influencia en los procesos electorales. De hecho, hace ocho años, cuando permitieron la entrada del primer presidente negro a la Casa Blanca, Barack Obama, parecían la panacea. Hoy, tras la elección de Trump, son el demonio. Ni calvo, ni con tres pelucas: las redes sociales son herramientas imprescindibles en la formación de la opinión pública en el siglo XXI. Es urgente empezar a debatir pausada y profundamente sobre su relevante papel en el escenario mediático-democrático actual.